La odisea de la sim 2

Volví a clase, me senté de nuevo cerca de la ventana que daba a Picadilly Circus, mi mochila debajo de la silla, mi cuaderno apoyado en la parte de las sillas que “trabajaba” de mesa, la pizarra a la izquierda y mis nervios centralizados en el estómago.

Para variar, era la primera en llegar, en parte creo que es una buena herencia de mi padre y en parte creo que son manías adquiridas, ya que yo necesito estar en los sitios entre 5 y 10 minutos antes, prefiero esperar a ser esperada y valga la redundancia me desespera quien hace esperar. En fin, estaba sentada mientras esperaba a la gente entrar lo cual, me servía también para observar a cada uno de los estudiantes que iban entrando, ya noté ciertas aproximaciones y vibraciones, sí como leéis, vibraciones; dejar que os explique: me considero una persona que se mueve por vibraciones, cuando conozco a una persona (a veces sin ni siquiera conocer) suelo percibir una serie de vibración buena o mala, la cual básicamente me hace ver si esa persona es transparente o es opaca y tiene un lado oscuro. No, no estoy hablando de Star Wars. Suelo guiarme mucho por esta intuición y rara vez me equivoco, puedes llamarlo energía que desprende la persona o simplemente la esencia de esa persona que es proyectada de algún modo… la cuestión es que gracias a eso fui pre-seleccionando a los que serían mis compañeros en esta aventura, con quien sería afín, con quien no,….lo mejor de todo es que mi instinto no me llego a fallar.

Finalmente, llegaron todos los compañeros. Dimos la clase que fue muy divertida, ya que la semana iba sobre la cultura y la moda y además el profe nos anunció que el día siguiente iríamos a practicar a Candem Town, barrio culpable de mi súbito enamoramiento por la ciudad.

Me moría de ganas de llegar a casa, poner la nueva sim, activarla y poder hablar y llamar a mi familia y amigos, por lo que al terminar la clase me fui a casa, entre en el metro de Picadilly y baje en Kennington, anduve por la calle mirando las hojas, la gente, las tiendas con sus frutas en la puerta listas para comer, las pintadas en la carretera de LOOK RIGHT… seguía sin creer que estaba allí.

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Al llegar a casa, me descalcé (algo obligatorio), salude sin obtener una sonrisa de vuelta, un simple Hi! se les escapó y quizá porque pensaran que era otra persona, desde luego el recibimiento no fue cálido ni lo más parecido, no me importó, tenía un reto, tenía que enfrentarme a mi inglés, debía hacer una llamada, activar mi SIM y poder llamar a mi gente en España sin morir arruinada en el intento, pero las dudas recorrían mi cabeza mientras subía aquella escaleras de moqueta verde  ¿sería una máquina o una persona? Y si era una persona… ¿y si no me entendían? ¿y si no les entendía yo a ellos?

Pensé, bah será simple, llamas un contestador te pedirá el código, lo introduces y arreglat! No obstante, no iba a ser así, no iba a ser tan simple, de hecho algo tan tonto como llamar a atención al cliente e intentar activar la sim lograría hacerme llorar de frustración y hacerme crecer de satisfacción.

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Picadilly circus

Por fin, ahí estaba, di un paso y monté en las largas escaleras mecánicas, esas que me llevarían a Picadilly Circus. Miraba a los lados donde podía ver carteles de anuncios, de musicales, de cine,… miraba a la gente, miraba esa estación como el niño que ve por primera vez el mar. Estaba ensimismada, todo tenía su encanto. Llegué hasta arriba, camine unos pasos, pasé mi bono por la máquina y se abrieron las puertas. Ya estaba allí, no había vuelta atrás. De nada me iba a servir la vergüenza, el miedo, la timidez…ahora ya no. Ahora debía enfrentarme a la realidad, nadie hablaría por mí, nadie preguntaría por mí, tenía que ser yo, YO y nadie más.

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Ante mí más escaleras, esta vez no mecánicas. Podía ver la salida pero sobretodo podía ver esa señal tan guay de Picadilly Circus. Puedo recordad ese momento como si fuera ahora mismo, puse un pie en la calle y de repente paré, miré a mi alrededor, fue como si el mundo parara en ese mismo instante y todo girara a mi alrededor, para que os hagáis una idea es como cuando en las películas el protagonista se queda quieto y la cámara gira alrededor de él 360º. Algo así sucedió, sólo que la que giraba no era la cámara si no yo.

A mi izquierda el museo Believe it or not! Un museo con cosas del tipo el hombre más alto del mundo y el más bajito, vamos museo de las rarezas, sus colores amarillos y rojos siguen frescos en mi mente. A la derecha la plaza, la fuente que todos conocemos y un teatro. A mi espalda la gran pantalla de Sanyo y TDK, con videos funcionando todo el tiempo. Me sentía tan pequeña, tan nerviosa, tan feliz que no podía para de sonreír y dar vueltas.

Bajo las pantallas de Sanyo había una tienda de souvenirs y más adelante se encontraba Malvern House. Por fuera parecía un portal normal, pero al entrar encontrabas una especie de recepción, carteles en las paredes, un ascensor y unas escaleras. Predominaban los colores de la academia, el rojo y el blanco.

Pregunté como pude a la chica de la entrada, llevaba la acreditación de la academia y me indicó que fuera al primer piso.

Subí andando, entre por la puerta y de repende encontré una sala, moderna, limpia y llena de vitalidad. Volvía preguntar y gracias a los gestos universales que todos hacemos para expresarnos entendí que debía teclear mi nombre en una especie de ordenador y esperar a mi turno.

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Cómo veis en la foto era una sala con sillones rojos, en las paredes blancas no sólo colgaba información de la academia sino que además tenía las fotos de los asesores, para que nos familiarizáramos con las caras, la verdad es que eso hacía la academia más humana. Al fondo una pantalla de tele bastante grande, donde iban apareciendo nombres junto con el nombre del asesor que te iba a atender.

Estaba de los nervios, el inglés me daba mucho respeto entre otras cosas porque no sabía hablar, podía leer y más o menos escribir pero no sabía comunicarme.

Llegó mi momento, llámalo suerte pero me tocó un asesor hispano, lo cual me dio muchísima tranquilidad. Me explicó que en 1 hora habría una reunión para los que iniciábamos curso esa semana, allí nos darían el material y nos dirían a que clase iríamos cada uno, puesto que había gente (como yo) que habíamos seleccionado la primera semana cultural y otros que eligieron comenzar la primera semana con clases normales.

Le di las gracias y pregunté si podía esperar allí, en aquella sala, y me dijo que sí, por lo que eso hice, sentarme en un sillón rojo, buscar publicidad y esperar a que fueran las 3 de la tarde.

Me sentía bien allí, se respiraba buen rollo y alegría, después de estar con aquella familia mediocre, Malvern House me hizo sentir bien. En breve sabría si eso continuaría siendo así o no.

Comenzando mi primer día

Por fin llegó el día, era lunes y eso significaba que iba a ser mi primer día en el “cole”. Abrí (por decir algo) la puerta de mi cuarto, fui al aseo y decidí bajar a desayunar. No recuerdo bien la hora que era pero si recuerdo que bajé en pijama, fui a la cocina, cogí mi bol, mis cereales y mi leche. Cogí una cuchara y me senté en la misma silla en la cual me había sentado el día que llegué, comencé a desayunar mientras todo parecía en paz. Estaba ilusionada y nerviosa ¡mi primer día! Todos sabemos que los primeros días son muy importantes, marcan mucho el recorrido de la experiencia y nos sentimos vulnerables aunque con muchas ganas de comenzar (bueno no siempre).

Como decía, estaba desayunando y apareció Brenda que me dio un frío “Good Morning”; estando ella en la cocina de repente se presentó una amiga, estuvieron hablando un rato y creí entender algo acerca de mí, ya sabéis, la nueva estudiante y tal. Esa persona se fue y entonces Brenda vino hacia mí y con cara de pocos amigos o podría decir, su cara natural, me dijo que era la última vez que yo bajaba en pijama a desayunar. Hay normas en la casa y esas normas dicen que para estar en el salón debería estar vestida de calle JAMÁS en pijama, acto seguido pedí disculpas y le dije que subiría en ese mismo momento a cambiarme pero me dijo que por esta vez pasaba y que podía terminar de desayunar pero que no se volviera a repetir.

No sabría explicar el sentimiento de rabia, de impotencia, de desesperación… fue un pequeño acto que a lo mejor no significa nada para vosotr@s pero para mí era otra gota más en el vaso de mis miedos.

Terminé de desayunar, pero casi a fuerza, pues el estómago no sólo se me cerró si no que se me revolucionó. Luego fregué lo utilizado y me subí a mi cuarto, cerré de nuevo la puerta me senté por un segundo, respiré, medité y comencé a preparar todo para irme a la academia. No veía le momento de salir de allí, por lo que planeé salir antes de lo esperado.

Ya lo tenía todo preparado, cogí mi mochila, mi abrigo y mis llaves, al llegar abajo me colocaría mis zapatos y daría comienzo mi aventura.

Salí por esa puerta, respiré el aire de la libertad y la tranquilidad, por alguna extraña razón me sentía más segura fuera de esa casa que dentro. Con mi teléfono en la mano me dirigí a la  estación del metro de Kennington, allí tenía que coger la Northem Line, bajar en Charing Cross tomar la línea azul oscuro (Piccadilly Line) y bajar en Piccadilly Circus.plan-metro-londres

Me sentía afortunada, no sólo estaba en Londres sino que además iba a estudiar cerca de un lugar mítico de Londres ¿Quién no ha oído alguna vez hablar de Piccadilly Circus?

El metro me gustó, me gustaba la diversidad que habitaba en la ciudad de Londres. Observaba,  como el niño que por primera vez descubre el mar, absolutamente todo. Las estaciones de metro tenían su encanto, eran obras de arte y lo mejor de todo es que en cada estación podías disfrutar de algún cantante o grupo ambulante que debo reconocer tenían mucho mucho talento.  Fue en Charing Cross dondé descubrí a un hombre que tocaba con su guitarra y cantaba mejor que muchos cantantes famosos, me encantaba y fue él quien se convirtió en la melodía de mis mañanas durante mi estancia en la capital del Reino Unido.

Estaba ya acercándome a mi academia, Malvern House. Estaba cerca de iniciar mi primer día, de conocer a mis compañeros, mis profesores y de saber cómo sería a partir de ese instante mí día a día.

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Un pequeño haz de luz

Decidí ir a comprar cuanto antes, para tenerlo todo hecho y poder subir a mi cuarto y no moverme hasta el día siguiente que tuviera que ir a clase.

Baje los dos pisos, una moqueta verde forraba esos escalones inclinados y diminutos. Busqué a Brenda y le pregunté dónde podría encontrar un supermercado cerca. Me dio unas indicaciones, me puse las zapatillas y me fui en busca de ese supermercado.

Miraba cada casa, cada calle o más bien admiraba. Todo era distinto, todo nuevo para mí y todo tan real, estaba en Londres, por fin lo había hecho. Pase por calles lúgubres, casa sin luz, sin color. Gente muy dispar, de todas las razas y tiendas tan diferentes que me daban ganas de ir a todas y cada una de ellas. Fue entonces cuando encontré un pequeño supermercado, una especia de tienda de barrio pequeña pero que tenía de todo.

Era todo tan diferente y divertido…. Productos tan inusuales y tanta variedad que en parte quería comprarlo todo, sin embargo la realidad era que tenía el estómago cerrado. Gracias a la news-graphics-2007-_884649amaravillosa bienvenida que había tenido, apenas tenía hambre. Compré una ensalada ya hecha, pasta, unas galletas de queso que despertaron mi curiosidad (soy fan del queso) y vi una bebida de Mars que también me impulso a comprarla. Estas galletas y esta bebida se convertirían en la cena de cada noche durante toda mi estancia en Londres. Pero lo que realmente me hizo reír fueron los diferentes tamaños de la leche, era alucinante; pequeñas (que ternurita), medianas, grandes, extra grandes…. Cogí una botella mediana y unos cereales para desayunar.

Llevé todos los productos a donde estaba el chico y la caja, me dijo algo que no logré entender, yo le dije “I don’t understand” el hombre sonrió habló más lento, pasó mis productos y me dijo cuanto era. No sé cuánto me dijo, le di un billete y me devolvió. Con el cambio, el móvil y la bolsa regresé a casa. Al llegar me quité los zapatos, fui a la cocina y dispuse cada cosa en su supuesto lugar. Cogí las galletas y la bebida Mars y me subí a la habitación. Por su puesto, el marido de Brenda (que recordar ella dijo a la academia así como al British Council que estaba separada) aún no había llegado por lo que mis intenciones de conectarme a internet se vieron frustradas.

316171_10150319383211100_1135031650_nSubí a mi habitación, entré en mi cuarto y cuando estaba dejando las galletas en una “mesa” tocaron a mi puerta, me giré y “abrí”. Era la otra estudiante que vivía allí cuyo nombre no recuerdo ahora mismo. Se presentó, era bajita, morena y con gafas. De tez pálida y una cara muy dulce, inspiraba mucha inocencia y dulzura. Era de Italia, llevaba 6 semanas allí y contaba los días para irse. No estaba contenta con esa familia, era casi un infierno, apenas hablaba con ellos y procuraba hacer su vida pero eso sí, me ofrecía su ayuda en caso de que la necesitara.

En esos momentos de angustia, donde me encontraba sola y perdida, agradecí ese gesto. Fue como ese pequeño haz de luz que entra por tu persiana cuando apenas está saliendo el sol y te hace saber hoy será un buen día.

No es que me sintiera protegida ni mucho menos, pero al menos Londres dejaba de ser tan horrible por un momento. Había esperanza y me daba fuerzas para seguir para adelante.

Me puse el despertador y lo dejé todo preparado. Estudié de nuevo los planos que me había llevado para saber por donde debía ir, que metro tomar, incluso que tenía que decir  al llegar y después de todo eso me dispuse a dormir.

Os podéis imaginar lo que fue dormir en una cama y en un lugar nuevo. No dejaba de mirar a mí alrededor, era una habitación pequeña que necesitaba una buena mano de pintura. Tenía una pequeña ventana que daba a la calle, pero estaba tan sucia que apenas podía ver bien a través del cristal; la moqueta tenia tantas manchas que podía hasta calificarse de arte y la puerta, esa puerta que suponía el límite que definía mi privacidad no se cerraba, no conté las veces que me levanté a empujar esa pesa pero puedo asegurar que fueron bastantes.

Fue una noche muy larga, llena de nervios, dudas e intriga. Al día siguiente asistiría por fin a mi primera clase ¿Cómo sería? ¿Haría amigos? ¿Me iría bien? ¿Aprendería? ¿Cómo sería la academia? Eran tantas las preguntas que no veía el momento de que llegará el Lunes, había reservado mi curso para ir por las tardes de 3.45 a 6 pm. A las 2 de la tarde tenía la cita en la academia para que nos dieran toda la información necesaria y para presentarnos.

Normas y Retos

Todo aprendizaje conlleva una lección la cual viene de la mano de alguna que otra lágrima y de algunos de esos momentos de rabia y desesperación que much@s de vosotr@s habéis sentido ¿pero sabes que es lo mejor? Lo mejor es luego decir orgullosa, lo hice, lo sufrí, fue una gran experiencia y aprendí.

Se suponía que mi familia me facilitaría prácticamente todo menos la comida. Elegí cocinar yo puesto que no sabría cual serían en realidad mis horarios. Se me daba una habitación con escritorio para estudiar y un armario, una despensa,  internet, ducha, lavarían mi ropa,….

Cuando volví a bajar Brenda me esperaba en el comedor. El comedor no era muy grande, tenía un sofá de 2-3 plazas, un sillón a juego con el sofá; en frente una tele mediana. A la derecha había una acceso de cristal a lo que parecía un patio. Yo estaba sentada en la mesa del comedor que estaba en una esquina justo al lado de la cocina, la cual no tenía puerta y tampoco era grande en exceso.

Brenda se encontraba en frente y se dispuso a comunicarme las normas que existían en esa casa. Entre otras, no podría comer en el sofá, sólo en la silla donde me encontraba sentada. Si quería internet debería pagar 5 libras semanales, la señal no sería lo mejor del mundo pero debía pagar por tenerla (cuando debía ser gratis), existían 2 puertas de entrada, una más externa y la otra interna, la interna se cerraría cada noche a las 00 y a mí se me facilitaban las llaves sólo de la primera por lo que si llegaba más tarde de las 00 no podría entrar en casa. Tendría un aseo en mi planta (la segunda) donde compartiría con otra persona que ya estaba allí, si quería ducharme tendría que ser en la primera planta, la suya. Eso sí, existían turnos ella iría primero, luego su marido y luego su hija y ya después yo. Ella podría lavar mi ropa, ya avisaría de cuando haría la colada pero si quería usar la secadora (puesto que en Londres llueve continuamente) debía pagar 5 libras más.

Cuando termino de decirme todo tuve que preguntar acerca de mi despensa ya que sólo había sido un recital de ESTO NO, ESTO NO, NO, NO, NO, NO, 5 libras…. entonces fue cuando pensó y dijo “Ah sí”, sin tenerlo previsto comenzó a buscar un lugar en su cocina donde poder hacerme un hueco. Lo logró, me señalo cual sería y también mi parte de la nevera (os podéis imaginar el tamaño).

Me dio las llaves, le pagué 5 libras y le pedí la clave de Wifi… sorprendentemente ella no la tenía, era su marido quien controlaba el tema y tendría que esperar a que el llegará a casa para poder tenerla, el llegaría tarde por lo que si no estaba yo cuando el llegara ya se me facilitaría al día siguiente.

310551_10150319382276100_2033485567_nSubí a mi cuarto, el cual podéis ver aquí una foto. Tenía una moqueta azul bastante sucia, no daba la sensación de ser limpia y no es que me hiciera mucha gracia andar descalza en ese suelo. No había escritorio, el armario estaba lleno de cosas de Brenda y su hija y no había mucho espacio, pero para mí lo más unnamedimpactante fue ver que no tenía pomo para cerrar y abrir mi puerta. La única seguridad que yo tendría en esa casa, con la que debía sentirme segura y dormir tranquila era un peso de una pesa para poder “juntar” la puerta, de hecho no llegaba nunca a cerrarse del todo.

Mi habitación estaba arriba del todo, ya os he dicho que era diminuta. Al salir a mi derecha había otra habitación y a mi izquierda el aseo que constaba de una pica y un váter pero nada de jabón o toallas.

Recuerdo sentarme en el rincón de la cama, llorando, muerta de miedo,  preguntándome que hacía yo allí y queriendo volver lo antes posible, me dije una y mil veces “ya sabía yo que no tendría suerte”. No sabía qué hacer, no conocía nada ni podría ir a ningún sitio puesto que hasta el día siguiente no iría a la academia por primera vez. Lo admito, estaba aterrorizada, muerta de miedo y bloqueada. Asumí que era lo que me había tocado vivir y lo que el destino había puesto en el camino. Irme sola a otro país no iba a ser fácil, esa situación se había dado por alguna razón. Y tendría que vivirla.

Hecha ya a la idea de la situación en la que estaba y de la familia con la que viviría, decidí ir a comprar algo de comida. Ante mí, otro nuevo reto,  ir al supermercado y lograr comprar algo sin saber el idioma. Puede que para ti no fuera un reto, pero es mi manera de ser y mi manera de moverme, cada día y cada cosa es un reto, cada paso, cada historia y cada aventura es un reto. Mi estancia en Londres se convirtió en uno continuo, del cual ahora me siento orgullosa de poder compartir con vosotr@s.

¿Cálida bienvenida?

Llevaba un buen rato caminando, ante mi calles desconocidas, rostros anónimos…. Mi GPS como aliado y los nervios en el estómago que iban en aumento. Entré en una especie de urbanización, todo era ladrillo; había un bar que hacía esquina. Seguí caminando y me encontré con una pista de baloncesto y fútbol, al fin algo que sí era familiar. Por muy raro que parezca, eso me dió un poco de tranquilidad, reconocer algo de mi entorno fue como oxígeno y una tila a la vez.

Fue entonces cuando giré a mi izquierda y me encontré con una calle sin 308561_10150319382201100_558250463_nsalida, casas iguales, algunas sin número y ni un alma por la calle. El GPS me indicaba que al final de esa calle encontraría la casa que estaba buscando. Mis pasos se acortaban, mi velocidad se ralentizaba y mis pulsaciones se disparaban, hasta parecía que andaba hacia atrás.

La calle se hacía estrecha, los números borrosos y no sabía dónde ir. De repente una mujer apareció de la nada y le pregunté por el número 99 a lo que ella contestó: “Está detrás de ti”. Giré, miré la puerta (no había número), tomé aire, cerré los ojos unos segundos en busca de valor y entonces di 4 pasos al frente y llamé.

Era una puerta blanca, no muy grande. No sé cuánto tardó en abrirse la puerta, seguro que poco, pero para mí fue casi eterno.  En parte no quería que se abriera, no sabía cómo iba a ser, no sabía ni si podría comunicarme con mi nueva familia.

Me habían dicho que Brenda era funcionaria, divorciada y que vivía con su hija. La gente que vivía en el barrio así como mi nueva familia era de color. El saber que ella era funcionaría me inspiró seguridad, aunque no tardaría mucho en descubrir que eso no significaba absolutamente nada.  Intenté ponerme en contacto con ella las dos semanas previas al viaje, pero nunca jamás me cogieron el teléfono. Reconozco que me “acojoné” ¿Por qué no me cogía el teléfono? ¿Acaso ese teléfono no existía? ¿Y si no existía el teléfono entonces tampoco la familia? ¿Era entonces una estafa? Estas preguntas volvían a mi cabeza en esos breves y a la vez largos segundos que tardo en abrirse la puerta.

Sonaron unos pasos, escuché a alguien tocar el pomo y entonces la puerta se abrió. Era ella, Brenda. Me presenté, aunque ya sabía quién era y a que iba.

Me abrió la puerta y me hizo pasar; el pasillo que iba hasta el comedor era muy corto, oscuro y estrecho. Todo era moqueta. Antes de seguir hacia delante me dijo que los zapatos debían quedarse en la entrada así que me quité los zapatos y seguí caminando. Brenda me dijo que mi habitación se encontraba arriba, que subiera la maleta y luego bajará que quería hablar conmigo.

Recuerdo perfectamente las escaleras, pequeñas, estrechas y muy muy empinadas. Llevaba una maleta de 30 kg que era casi imposible de subir. Brenda me miró, observaba lo difícil que se me hacía subir la maleta y fue entonces cuando su boca se abrió y mientras me miraba me dijo: “Lo siento pero yo NO voy a ayudarte” pensé “Caray que agradable”. Tuve que subir así 2 pisos, 2 interminables pisos llenos de escaleras con una maleta que no me estaba facilitando las cosas y una casera que me había recibido con los brazos abiertos (dicho con la mayor de las ironías posibles).

Brenda era una mujer a la que no acompañaba la sonrisa, la simpatía no era uno de sus dones y parecía ofuscada. No fue un recibimiento cálido ni mucho menos, todo lo contrario, fue lo más frío que se pueda esperar.

Su idea de darme la bienvenida fue verme subir las escaleras y recibirme de nuevo abajo para decirme las reglas y normas a las que estaría sometida. Sí, lees bien, sometida. Normas y condiciones que harían de mi estancia una agonía y que en más de una ocasión me forzaría a huir de esa casa contando los minutos para no tener que volver.295911_10150319381876100_1392735794_n

Camino de mi nuevo hogar

Cuando inicié este blog así como la historia “Un poco de mi…” pensé que quizá con unas 3 partes habría terminado, bueno llamémoslo inexperiencia, pero resulta que no creo que 3 vayan a ser suficientes jaja, por lo que he decidido modificar los títulos de mis posts y no llamar igual a todas y cada una de las partes. Si hay algo que odio es la monotonía y si pongo siempre lo mismo sería caer en mi propia trampa. Eso sí, aunque yo le ponga un título si consideráis que debería llamarse de otra manera, sentiros libres de decírmelo en los comentarios y puede que cambie el título original por el tuyo 😉

En fin, vamos a lo que estáis esperando. Mi estancia en Londres.

Aún recuerdo mi llegada a la estación Victoria, la recuerdo amplia, llena de gente y yo sintiéndome muy pequeña. Me temblaban las piernas, las manos y estaba confusa. Sabía que debía comprar un abono de metro, concretamente debía comprarme la tarjeta Oyster y adquirir el abono.

Comencé a mirar a mi alrededor, intentaba leer carteles y buscar el logo, pero nada. Todo seguía igual de confuso o más. Me pareció ver unas taquillas y entonces supuse que sería allí donde debía dirigirme para conseguirla. Era vital tener aquella Oyster, necesitaba viajar en metro y además ahorrar unas cuantas libras.

Hice la cola; aún puedo escuchar a la gente hablando en inglés, yo estaba ensimismada escuchándoles sin entender nada mientras se iba acercando mi turno, mentalmente yo ensayaba lo que debía decir, era fácil “Hello I want an Oyster card for one week” (primero conseguiría un abono de una semana y ya iría renovando). La mujer que me atendía tenía cara de pocos amigos, me miraba con sus gafas y tenía pinta de no realizar mucha actividad en su día a día, mal asunto, me había tocado la menos simpática.  Tras decir la frase que llevaba un buena rato ensayando ella exclamó: “What?” y yo repetí de nuevo “Hello I want an Oyster card for one week”, la mujer me habló de muy malas maneras y no porque hablará en ingles no, si no porque las formas no fueron las adecuadas, no tuvo la empatía de entender que acababa de llegar una ciudad que no concia y que además no hablaba el idioma.

Después de hacerme pasar un mal trago no sé qué me dijo pero sé que entendí que allí no tenían tarjetas Oyster solo abonos corrientes y molientes. ¿Qué hice? Pregúntate ¿Qué harías tú? Estas haciendo una cola enorme para poder llegar a la cabina, de repente una mujer con muy mala baba te está casi chillando y tienes gente detrás esperando, no sé qué habrás pensado pero YO, COMPRÉ EL ABONO.

Salí de esa zona a toda prisa, con ganas de llorar y rabia contenida, preguntándome porque había elegido irme allí, porque había querido irme lejos de mi tierra sin saber comunicarme, porque pensé que había sido una gran idea. Pero decidí que una vez allí tenía que tirar hacia adelante y apechugar con todo lo que viniera, sacaría una valiosísima lección y aprendería de todo aquello. Si algo sé, es que en mi vida siempre tropiezo, si existe la mínima posibilidad de que a alguien le toque la china es a mí y sabía que este viaje no iba a marcar la diferencia en ese sentido.

Tenía que llegar a Canterbury Place, la estación más cercana era Kennington por lo que buscaba la línea negra “Northern Line”. No sabía cómo funcionaba ni por donde debía pasar pero como bien sabemos  “ALLA DONDE FUERES HAZ LO QUE VIERES” y es lo que hice, observar a la gente e imitarles. Gracias a esto llegue a la estación de Kennington, os podéis imaginar cómo estaba mirándolo todo. Era una sensación rara de sentimientos encontrados, tenía miedo y curiosidad, sentía alegría y tristeza, me sentía orgullosa y enfadada conmigo misma pero me encontraban en Londres y eso nada podía cambiarlo.IMG_0004

En mi mente sigue la imagen de cuando salí de aquella estación, calles grises con hojas en el suelo. En la carretera, pintado veía LOOK RIGHT, la verdad es que me hizo mucha gracia; a un lado vi una frutería, me fascinó que tenían las frutas en recipientes de plástico listos para comer. Había activado mi GPS y me encontraba andando hacía la puerta de la que sería mi casa durante un mes.  Había mandado un mensaje a mi familia para decirles que ya estaba allí que ya estaba camino del que sería mi nuevo hogar pero omití decirles que estaba aterrorizada.

¿Les entendería? ¿Me llevaría bien con ellos? ¿Les gustaría yo? ¿Cómo sería mi habitación? Estaba mareada de tantas y tantas dudas que me asaltaban, arrastraba mi maleta de 30 kg con una mano mientras sujeta el móvil con GPS en la otra. Andaba por calles desconocidas, raras para mí, no sabía cierto a donde me estaba dirigiendo ni que me esperaría, pero pronto conocería a Brenda, la dueña de la casa.

Un poco de mi…. (2ª parte)

Aquí estoy de nuevo, para seguir compartiendo mis experiencias y vivencias.  Termine mi anterior post diciendo que TUVE LA SUERTE DE TENER UN ACCIDENTE y sé que cada vez que hago esta afirmación la gente me mira como diciendo: “Estás loca ¿Cómo puedes decir que tuviste suerte?”. Bueno, pues supongo que una vez unáis los puntos que yo sin saber estaba uniendo, lo entenderéis.

IMG_20150416_195641Me considero una persona muy positiva, capaz de ver el lado bueno de todo lo malo y de aprender de cada pequeña cosa que sucede en mi vida e incluso en la vida de los demás, como ya dije, creo que todo pasa por algo y siempre por algo genial que aunque en ese momento no seas capaz de verlo, lo harás con el tiempo y lo entenderás.

Fue básicamente lo que me pasó con el accidente que tuve. Fue un largo año de “batalla” judicial ya que el hombre que al principio parecía tan amable y dispuesto a ayudar en lo posible, decidió esconderse y cambiar su versión de los hechos. Tuve que ir a un forense a que calificara mi lesión y afortunadamente antes de ir a juicio el hombre decidió llegar a un acuerdo y pagarme por daños físicos y materiales.

En ese momento me planteé una pregunta ¿Cómo podría invertir ese dinero? ¿Cómo lo gastaba? ¿Me daba algún capricho? Finalmente decidí que lo mejor que podía hacer era irme a Londres a estudiar inglés, vista la experiencia aquí era lo mejor y lo más acertado.

Ese verano del 2011 comencé a planear cómo y dónde ir mientras trabajaba de socorrista en una piscina de Oliva. En esos días Google y Foro Londres se convirtieron en mis amigos. Gracias a Foro Londres descubrí que la primera academia la cual había reservado y estaba a punto de hacer un ingreso, era una estafa. No sabéis como me iba el corazón cuando descubrí la verdad.

Por un momento pensé en quedarme, pero no iba a dejar que un engaño nublara mis ganas de vivir una experiencia que cambiaría mi vida.

Seguí buscando y finalmente encontré una academia, que me inspiraba confianza y tenía buenas referencias. Decidí además alojarme con una familia en lugar de irme a una residencia. Terminaría de trabajar el 1 de Septiembre y mi vuelo saldría el 9. En menos de un mes tuve que preparar todo lo necesario para irme, además de prepararme a mí misma, puesto que jamás había salido sola a ninguna parte, nunca había estado lejos de mi familia, de mis amigos.  Iba a ser un gran reto personal. Tuve miedo y casi me tiro atrás, pero no lo hice.

Recuerdo mi hermano diciendo que no me iba, que era todo una mentira, nunca se creyó que iba a coger mi maleta y vivir en Londres por un mes. Pero 2 semanas antes tanto él como yo nos dimos cuenta que realmente estaba dando ese paso.

Me despedí de mis amigas, de mi familia, de mi equipo de fútbol y seguía sin darme cuenta de lo que estaba haciendo. El 9 de Septiembre salió mi vuelo: Valencia-Gatwick. Apenas entendía el inglés y si creía que todo lo tenía previsto, me equivoqué. Olvidé averiguar cómo salir del aeropuerto y llegar a Londres capital.  Cómo no entendía nada decidí seguir mi lema: “a seguir la corriente de los salmones” (me gusta ir a contra corriente). Seguí a unas cuantas personas y no sé ni cómo supe que había que coger un tren. No me preguntéis donde lo compré, donde lo cogí ni como llegué porque no recuerdo absolutamente nada pues fue muy frustrante a la par que satisfactorio.

308249_10150319407276100_2012029921_nLondres nunca había sido santo de mi devoción y sin embargo gracias a este viaje caí perdidamente enamorada de la ciudad. La academia era increíble, un estilo moderno, familiar, amigable. Gente de muchas partes diferentes pero todos con un mismo fin APRENDER INGLÉS.

Se presentaba 1 mes aparentemente divertido y desafiante, de crecimiento personal y fortaleza espiritual. El accidente me había brindado una gran oportunidad, poder aprender en Londres rodeada de su gente, su multiculturalidad y a fin de cuentas lo que más me interesaba, su idioma.

Cómo me fue en Londres y que pasó después lo contaré en los siguientes posts, hasta ese momento no olvidéis sonreír.