Comenzando mi primer día

Por fin llegó el día, era lunes y eso significaba que iba a ser mi primer día en el “cole”. Abrí (por decir algo) la puerta de mi cuarto, fui al aseo y decidí bajar a desayunar. No recuerdo bien la hora que era pero si recuerdo que bajé en pijama, fui a la cocina, cogí mi bol, mis cereales y mi leche. Cogí una cuchara y me senté en la misma silla en la cual me había sentado el día que llegué, comencé a desayunar mientras todo parecía en paz. Estaba ilusionada y nerviosa ¡mi primer día! Todos sabemos que los primeros días son muy importantes, marcan mucho el recorrido de la experiencia y nos sentimos vulnerables aunque con muchas ganas de comenzar (bueno no siempre).

Como decía, estaba desayunando y apareció Brenda que me dio un frío “Good Morning”; estando ella en la cocina de repente se presentó una amiga, estuvieron hablando un rato y creí entender algo acerca de mí, ya sabéis, la nueva estudiante y tal. Esa persona se fue y entonces Brenda vino hacia mí y con cara de pocos amigos o podría decir, su cara natural, me dijo que era la última vez que yo bajaba en pijama a desayunar. Hay normas en la casa y esas normas dicen que para estar en el salón debería estar vestida de calle JAMÁS en pijama, acto seguido pedí disculpas y le dije que subiría en ese mismo momento a cambiarme pero me dijo que por esta vez pasaba y que podía terminar de desayunar pero que no se volviera a repetir.

No sabría explicar el sentimiento de rabia, de impotencia, de desesperación… fue un pequeño acto que a lo mejor no significa nada para vosotr@s pero para mí era otra gota más en el vaso de mis miedos.

Terminé de desayunar, pero casi a fuerza, pues el estómago no sólo se me cerró si no que se me revolucionó. Luego fregué lo utilizado y me subí a mi cuarto, cerré de nuevo la puerta me senté por un segundo, respiré, medité y comencé a preparar todo para irme a la academia. No veía le momento de salir de allí, por lo que planeé salir antes de lo esperado.

Ya lo tenía todo preparado, cogí mi mochila, mi abrigo y mis llaves, al llegar abajo me colocaría mis zapatos y daría comienzo mi aventura.

Salí por esa puerta, respiré el aire de la libertad y la tranquilidad, por alguna extraña razón me sentía más segura fuera de esa casa que dentro. Con mi teléfono en la mano me dirigí a la  estación del metro de Kennington, allí tenía que coger la Northem Line, bajar en Charing Cross tomar la línea azul oscuro (Piccadilly Line) y bajar en Piccadilly Circus.plan-metro-londres

Me sentía afortunada, no sólo estaba en Londres sino que además iba a estudiar cerca de un lugar mítico de Londres ¿Quién no ha oído alguna vez hablar de Piccadilly Circus?

El metro me gustó, me gustaba la diversidad que habitaba en la ciudad de Londres. Observaba,  como el niño que por primera vez descubre el mar, absolutamente todo. Las estaciones de metro tenían su encanto, eran obras de arte y lo mejor de todo es que en cada estación podías disfrutar de algún cantante o grupo ambulante que debo reconocer tenían mucho mucho talento.  Fue en Charing Cross dondé descubrí a un hombre que tocaba con su guitarra y cantaba mejor que muchos cantantes famosos, me encantaba y fue él quien se convirtió en la melodía de mis mañanas durante mi estancia en la capital del Reino Unido.

Estaba ya acercándome a mi academia, Malvern House. Estaba cerca de iniciar mi primer día, de conocer a mis compañeros, mis profesores y de saber cómo sería a partir de ese instante mí día a día.

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Un pequeño haz de luz

Decidí ir a comprar cuanto antes, para tenerlo todo hecho y poder subir a mi cuarto y no moverme hasta el día siguiente que tuviera que ir a clase.

Baje los dos pisos, una moqueta verde forraba esos escalones inclinados y diminutos. Busqué a Brenda y le pregunté dónde podría encontrar un supermercado cerca. Me dio unas indicaciones, me puse las zapatillas y me fui en busca de ese supermercado.

Miraba cada casa, cada calle o más bien admiraba. Todo era distinto, todo nuevo para mí y todo tan real, estaba en Londres, por fin lo había hecho. Pase por calles lúgubres, casa sin luz, sin color. Gente muy dispar, de todas las razas y tiendas tan diferentes que me daban ganas de ir a todas y cada una de ellas. Fue entonces cuando encontré un pequeño supermercado, una especia de tienda de barrio pequeña pero que tenía de todo.

Era todo tan diferente y divertido…. Productos tan inusuales y tanta variedad que en parte quería comprarlo todo, sin embargo la realidad era que tenía el estómago cerrado. Gracias a la news-graphics-2007-_884649amaravillosa bienvenida que había tenido, apenas tenía hambre. Compré una ensalada ya hecha, pasta, unas galletas de queso que despertaron mi curiosidad (soy fan del queso) y vi una bebida de Mars que también me impulso a comprarla. Estas galletas y esta bebida se convertirían en la cena de cada noche durante toda mi estancia en Londres. Pero lo que realmente me hizo reír fueron los diferentes tamaños de la leche, era alucinante; pequeñas (que ternurita), medianas, grandes, extra grandes…. Cogí una botella mediana y unos cereales para desayunar.

Llevé todos los productos a donde estaba el chico y la caja, me dijo algo que no logré entender, yo le dije “I don’t understand” el hombre sonrió habló más lento, pasó mis productos y me dijo cuanto era. No sé cuánto me dijo, le di un billete y me devolvió. Con el cambio, el móvil y la bolsa regresé a casa. Al llegar me quité los zapatos, fui a la cocina y dispuse cada cosa en su supuesto lugar. Cogí las galletas y la bebida Mars y me subí a la habitación. Por su puesto, el marido de Brenda (que recordar ella dijo a la academia así como al British Council que estaba separada) aún no había llegado por lo que mis intenciones de conectarme a internet se vieron frustradas.

316171_10150319383211100_1135031650_nSubí a mi habitación, entré en mi cuarto y cuando estaba dejando las galletas en una “mesa” tocaron a mi puerta, me giré y “abrí”. Era la otra estudiante que vivía allí cuyo nombre no recuerdo ahora mismo. Se presentó, era bajita, morena y con gafas. De tez pálida y una cara muy dulce, inspiraba mucha inocencia y dulzura. Era de Italia, llevaba 6 semanas allí y contaba los días para irse. No estaba contenta con esa familia, era casi un infierno, apenas hablaba con ellos y procuraba hacer su vida pero eso sí, me ofrecía su ayuda en caso de que la necesitara.

En esos momentos de angustia, donde me encontraba sola y perdida, agradecí ese gesto. Fue como ese pequeño haz de luz que entra por tu persiana cuando apenas está saliendo el sol y te hace saber hoy será un buen día.

No es que me sintiera protegida ni mucho menos, pero al menos Londres dejaba de ser tan horrible por un momento. Había esperanza y me daba fuerzas para seguir para adelante.

Me puse el despertador y lo dejé todo preparado. Estudié de nuevo los planos que me había llevado para saber por donde debía ir, que metro tomar, incluso que tenía que decir  al llegar y después de todo eso me dispuse a dormir.

Os podéis imaginar lo que fue dormir en una cama y en un lugar nuevo. No dejaba de mirar a mí alrededor, era una habitación pequeña que necesitaba una buena mano de pintura. Tenía una pequeña ventana que daba a la calle, pero estaba tan sucia que apenas podía ver bien a través del cristal; la moqueta tenia tantas manchas que podía hasta calificarse de arte y la puerta, esa puerta que suponía el límite que definía mi privacidad no se cerraba, no conté las veces que me levanté a empujar esa pesa pero puedo asegurar que fueron bastantes.

Fue una noche muy larga, llena de nervios, dudas e intriga. Al día siguiente asistiría por fin a mi primera clase ¿Cómo sería? ¿Haría amigos? ¿Me iría bien? ¿Aprendería? ¿Cómo sería la academia? Eran tantas las preguntas que no veía el momento de que llegará el Lunes, había reservado mi curso para ir por las tardes de 3.45 a 6 pm. A las 2 de la tarde tenía la cita en la academia para que nos dieran toda la información necesaria y para presentarnos.

Normas y Retos

Todo aprendizaje conlleva una lección la cual viene de la mano de alguna que otra lágrima y de algunos de esos momentos de rabia y desesperación que much@s de vosotr@s habéis sentido ¿pero sabes que es lo mejor? Lo mejor es luego decir orgullosa, lo hice, lo sufrí, fue una gran experiencia y aprendí.

Se suponía que mi familia me facilitaría prácticamente todo menos la comida. Elegí cocinar yo puesto que no sabría cual serían en realidad mis horarios. Se me daba una habitación con escritorio para estudiar y un armario, una despensa,  internet, ducha, lavarían mi ropa,….

Cuando volví a bajar Brenda me esperaba en el comedor. El comedor no era muy grande, tenía un sofá de 2-3 plazas, un sillón a juego con el sofá; en frente una tele mediana. A la derecha había una acceso de cristal a lo que parecía un patio. Yo estaba sentada en la mesa del comedor que estaba en una esquina justo al lado de la cocina, la cual no tenía puerta y tampoco era grande en exceso.

Brenda se encontraba en frente y se dispuso a comunicarme las normas que existían en esa casa. Entre otras, no podría comer en el sofá, sólo en la silla donde me encontraba sentada. Si quería internet debería pagar 5 libras semanales, la señal no sería lo mejor del mundo pero debía pagar por tenerla (cuando debía ser gratis), existían 2 puertas de entrada, una más externa y la otra interna, la interna se cerraría cada noche a las 00 y a mí se me facilitaban las llaves sólo de la primera por lo que si llegaba más tarde de las 00 no podría entrar en casa. Tendría un aseo en mi planta (la segunda) donde compartiría con otra persona que ya estaba allí, si quería ducharme tendría que ser en la primera planta, la suya. Eso sí, existían turnos ella iría primero, luego su marido y luego su hija y ya después yo. Ella podría lavar mi ropa, ya avisaría de cuando haría la colada pero si quería usar la secadora (puesto que en Londres llueve continuamente) debía pagar 5 libras más.

Cuando termino de decirme todo tuve que preguntar acerca de mi despensa ya que sólo había sido un recital de ESTO NO, ESTO NO, NO, NO, NO, NO, 5 libras…. entonces fue cuando pensó y dijo “Ah sí”, sin tenerlo previsto comenzó a buscar un lugar en su cocina donde poder hacerme un hueco. Lo logró, me señalo cual sería y también mi parte de la nevera (os podéis imaginar el tamaño).

Me dio las llaves, le pagué 5 libras y le pedí la clave de Wifi… sorprendentemente ella no la tenía, era su marido quien controlaba el tema y tendría que esperar a que el llegará a casa para poder tenerla, el llegaría tarde por lo que si no estaba yo cuando el llegara ya se me facilitaría al día siguiente.

310551_10150319382276100_2033485567_nSubí a mi cuarto, el cual podéis ver aquí una foto. Tenía una moqueta azul bastante sucia, no daba la sensación de ser limpia y no es que me hiciera mucha gracia andar descalza en ese suelo. No había escritorio, el armario estaba lleno de cosas de Brenda y su hija y no había mucho espacio, pero para mí lo más unnamedimpactante fue ver que no tenía pomo para cerrar y abrir mi puerta. La única seguridad que yo tendría en esa casa, con la que debía sentirme segura y dormir tranquila era un peso de una pesa para poder “juntar” la puerta, de hecho no llegaba nunca a cerrarse del todo.

Mi habitación estaba arriba del todo, ya os he dicho que era diminuta. Al salir a mi derecha había otra habitación y a mi izquierda el aseo que constaba de una pica y un váter pero nada de jabón o toallas.

Recuerdo sentarme en el rincón de la cama, llorando, muerta de miedo,  preguntándome que hacía yo allí y queriendo volver lo antes posible, me dije una y mil veces “ya sabía yo que no tendría suerte”. No sabía qué hacer, no conocía nada ni podría ir a ningún sitio puesto que hasta el día siguiente no iría a la academia por primera vez. Lo admito, estaba aterrorizada, muerta de miedo y bloqueada. Asumí que era lo que me había tocado vivir y lo que el destino había puesto en el camino. Irme sola a otro país no iba a ser fácil, esa situación se había dado por alguna razón. Y tendría que vivirla.

Hecha ya a la idea de la situación en la que estaba y de la familia con la que viviría, decidí ir a comprar algo de comida. Ante mí, otro nuevo reto,  ir al supermercado y lograr comprar algo sin saber el idioma. Puede que para ti no fuera un reto, pero es mi manera de ser y mi manera de moverme, cada día y cada cosa es un reto, cada paso, cada historia y cada aventura es un reto. Mi estancia en Londres se convirtió en uno continuo, del cual ahora me siento orgullosa de poder compartir con vosotr@s.