¿Cálida bienvenida?

Llevaba un buen rato caminando, ante mi calles desconocidas, rostros anónimos…. Mi GPS como aliado y los nervios en el estómago que iban en aumento. Entré en una especie de urbanización, todo era ladrillo; había un bar que hacía esquina. Seguí caminando y me encontré con una pista de baloncesto y fútbol, al fin algo que sí era familiar. Por muy raro que parezca, eso me dió un poco de tranquilidad, reconocer algo de mi entorno fue como oxígeno y una tila a la vez.

Fue entonces cuando giré a mi izquierda y me encontré con una calle sin 308561_10150319382201100_558250463_nsalida, casas iguales, algunas sin número y ni un alma por la calle. El GPS me indicaba que al final de esa calle encontraría la casa que estaba buscando. Mis pasos se acortaban, mi velocidad se ralentizaba y mis pulsaciones se disparaban, hasta parecía que andaba hacia atrás.

La calle se hacía estrecha, los números borrosos y no sabía dónde ir. De repente una mujer apareció de la nada y le pregunté por el número 99 a lo que ella contestó: “Está detrás de ti”. Giré, miré la puerta (no había número), tomé aire, cerré los ojos unos segundos en busca de valor y entonces di 4 pasos al frente y llamé.

Era una puerta blanca, no muy grande. No sé cuánto tardó en abrirse la puerta, seguro que poco, pero para mí fue casi eterno.  En parte no quería que se abriera, no sabía cómo iba a ser, no sabía ni si podría comunicarme con mi nueva familia.

Me habían dicho que Brenda era funcionaria, divorciada y que vivía con su hija. La gente que vivía en el barrio así como mi nueva familia era de color. El saber que ella era funcionaría me inspiró seguridad, aunque no tardaría mucho en descubrir que eso no significaba absolutamente nada.  Intenté ponerme en contacto con ella las dos semanas previas al viaje, pero nunca jamás me cogieron el teléfono. Reconozco que me “acojoné” ¿Por qué no me cogía el teléfono? ¿Acaso ese teléfono no existía? ¿Y si no existía el teléfono entonces tampoco la familia? ¿Era entonces una estafa? Estas preguntas volvían a mi cabeza en esos breves y a la vez largos segundos que tardo en abrirse la puerta.

Sonaron unos pasos, escuché a alguien tocar el pomo y entonces la puerta se abrió. Era ella, Brenda. Me presenté, aunque ya sabía quién era y a que iba.

Me abrió la puerta y me hizo pasar; el pasillo que iba hasta el comedor era muy corto, oscuro y estrecho. Todo era moqueta. Antes de seguir hacia delante me dijo que los zapatos debían quedarse en la entrada así que me quité los zapatos y seguí caminando. Brenda me dijo que mi habitación se encontraba arriba, que subiera la maleta y luego bajará que quería hablar conmigo.

Recuerdo perfectamente las escaleras, pequeñas, estrechas y muy muy empinadas. Llevaba una maleta de 30 kg que era casi imposible de subir. Brenda me miró, observaba lo difícil que se me hacía subir la maleta y fue entonces cuando su boca se abrió y mientras me miraba me dijo: “Lo siento pero yo NO voy a ayudarte” pensé “Caray que agradable”. Tuve que subir así 2 pisos, 2 interminables pisos llenos de escaleras con una maleta que no me estaba facilitando las cosas y una casera que me había recibido con los brazos abiertos (dicho con la mayor de las ironías posibles).

Brenda era una mujer a la que no acompañaba la sonrisa, la simpatía no era uno de sus dones y parecía ofuscada. No fue un recibimiento cálido ni mucho menos, todo lo contrario, fue lo más frío que se pueda esperar.

Su idea de darme la bienvenida fue verme subir las escaleras y recibirme de nuevo abajo para decirme las reglas y normas a las que estaría sometida. Sí, lees bien, sometida. Normas y condiciones que harían de mi estancia una agonía y que en más de una ocasión me forzaría a huir de esa casa contando los minutos para no tener que volver.295911_10150319381876100_1392735794_n

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