Camino de mi nuevo hogar

Cuando inicié este blog así como la historia “Un poco de mi…” pensé que quizá con unas 3 partes habría terminado, bueno llamémoslo inexperiencia, pero resulta que no creo que 3 vayan a ser suficientes jaja, por lo que he decidido modificar los títulos de mis posts y no llamar igual a todas y cada una de las partes. Si hay algo que odio es la monotonía y si pongo siempre lo mismo sería caer en mi propia trampa. Eso sí, aunque yo le ponga un título si consideráis que debería llamarse de otra manera, sentiros libres de decírmelo en los comentarios y puede que cambie el título original por el tuyo 😉

En fin, vamos a lo que estáis esperando. Mi estancia en Londres.

Aún recuerdo mi llegada a la estación Victoria, la recuerdo amplia, llena de gente y yo sintiéndome muy pequeña. Me temblaban las piernas, las manos y estaba confusa. Sabía que debía comprar un abono de metro, concretamente debía comprarme la tarjeta Oyster y adquirir el abono.

Comencé a mirar a mi alrededor, intentaba leer carteles y buscar el logo, pero nada. Todo seguía igual de confuso o más. Me pareció ver unas taquillas y entonces supuse que sería allí donde debía dirigirme para conseguirla. Era vital tener aquella Oyster, necesitaba viajar en metro y además ahorrar unas cuantas libras.

Hice la cola; aún puedo escuchar a la gente hablando en inglés, yo estaba ensimismada escuchándoles sin entender nada mientras se iba acercando mi turno, mentalmente yo ensayaba lo que debía decir, era fácil “Hello I want an Oyster card for one week” (primero conseguiría un abono de una semana y ya iría renovando). La mujer que me atendía tenía cara de pocos amigos, me miraba con sus gafas y tenía pinta de no realizar mucha actividad en su día a día, mal asunto, me había tocado la menos simpática.  Tras decir la frase que llevaba un buena rato ensayando ella exclamó: “What?” y yo repetí de nuevo “Hello I want an Oyster card for one week”, la mujer me habló de muy malas maneras y no porque hablará en ingles no, si no porque las formas no fueron las adecuadas, no tuvo la empatía de entender que acababa de llegar una ciudad que no concia y que además no hablaba el idioma.

Después de hacerme pasar un mal trago no sé qué me dijo pero sé que entendí que allí no tenían tarjetas Oyster solo abonos corrientes y molientes. ¿Qué hice? Pregúntate ¿Qué harías tú? Estas haciendo una cola enorme para poder llegar a la cabina, de repente una mujer con muy mala baba te está casi chillando y tienes gente detrás esperando, no sé qué habrás pensado pero YO, COMPRÉ EL ABONO.

Salí de esa zona a toda prisa, con ganas de llorar y rabia contenida, preguntándome porque había elegido irme allí, porque había querido irme lejos de mi tierra sin saber comunicarme, porque pensé que había sido una gran idea. Pero decidí que una vez allí tenía que tirar hacia adelante y apechugar con todo lo que viniera, sacaría una valiosísima lección y aprendería de todo aquello. Si algo sé, es que en mi vida siempre tropiezo, si existe la mínima posibilidad de que a alguien le toque la china es a mí y sabía que este viaje no iba a marcar la diferencia en ese sentido.

Tenía que llegar a Canterbury Place, la estación más cercana era Kennington por lo que buscaba la línea negra “Northern Line”. No sabía cómo funcionaba ni por donde debía pasar pero como bien sabemos  “ALLA DONDE FUERES HAZ LO QUE VIERES” y es lo que hice, observar a la gente e imitarles. Gracias a esto llegue a la estación de Kennington, os podéis imaginar cómo estaba mirándolo todo. Era una sensación rara de sentimientos encontrados, tenía miedo y curiosidad, sentía alegría y tristeza, me sentía orgullosa y enfadada conmigo misma pero me encontraban en Londres y eso nada podía cambiarlo.IMG_0004

En mi mente sigue la imagen de cuando salí de aquella estación, calles grises con hojas en el suelo. En la carretera, pintado veía LOOK RIGHT, la verdad es que me hizo mucha gracia; a un lado vi una frutería, me fascinó que tenían las frutas en recipientes de plástico listos para comer. Había activado mi GPS y me encontraba andando hacía la puerta de la que sería mi casa durante un mes.  Había mandado un mensaje a mi familia para decirles que ya estaba allí que ya estaba camino del que sería mi nuevo hogar pero omití decirles que estaba aterrorizada.

¿Les entendería? ¿Me llevaría bien con ellos? ¿Les gustaría yo? ¿Cómo sería mi habitación? Estaba mareada de tantas y tantas dudas que me asaltaban, arrastraba mi maleta de 30 kg con una mano mientras sujeta el móvil con GPS en la otra. Andaba por calles desconocidas, raras para mí, no sabía cierto a donde me estaba dirigiendo ni que me esperaría, pero pronto conocería a Brenda, la dueña de la casa.

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